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MARIPOSAS EN EL ESTOMAGO
No supo si fue la lluvia, la soledad o el recuerdo. Lo cierto es que allí estaba, sobre la mesa, acariciándose, deslizando suavemente aquel objeto sobre su ser, arriba y abajo en un ritmo creciente y embriagador. Y yo allí sobre el cristal, observándola, empañando la superficie, escuchando sus gemidos y deseando romper la ventana e irrumpir en su placer.
Había retrocedido diez o veinte años en un lapso de quince minutos, jamás la había visto tan bella, su piel blanca había adquirido una fuerte tonalidad rosa, especialmente allí, en su sexo, donde los labios y sus pliegues lucían incendiados y el enorme verde penetraba húmedo y victorioso haciendilla chillar y proferir maldiciones.
En cierta forma me sentía culpable y halagado más que todo por el cambio radical que se había dado en doña Marlin, yo acostumbraba visitarla a diario y hacia sus compras y diligencias y así ganaba algo de dinero.
Marlin era una mujer madura, triste y muy hermosa.
─ ¿Por qué no ha vuelto a casarse? Le pregunte aquella mañana.
─ Ya lo estoy, respondió, alzando el dedo y moviendo el anillo con el pulgar.
─ Es usted muy bella, le dije al fin.
Ella sonrió y me dio el dinero de las compras, me encargó en especial un pepino verde para la ensalada, y me dijo que no tardara pues iba a tener invitados para el almuerzo. Ya en el mercado tomé el pepino mas hermoso, era inmenso, 25 centímetros aproximadamente y su grosor y el verde de la cáscara con diminutas protuberancias agradarían a Marlin y ella me ofrecería otra sonrisa.
El temporal inició al bajar del autobús, tuve que acortar el trecho restante hacia la casa con una atropellada carrera, cargado con bolsas y paquetes que caían alrededor, ella me esperaba recostada en el umbral, llevaba vestido azul, el cabello sujeto hacia atrás con una cola de caballo y la expresión ingenua de aquel que espera un imposible. Le alargue las bolsas al llegar y ella me dio algo mas de dinero.
─ ¿Esta todo aquí?
─ Todo, le dije.
Luego, con mano segura arregló mi cabello empapado por la lluvia, compuso con seguridad el cuello de la camisa y ocultó algo en mi bolsillo izquierdo. “Es suficiente con lo que he ganado” le dije, no seas idiota y acéptalo, regresa mañana temprano. De pronto sonó el teléfono en la sala y me despidió, al irme pude ver la discusión por la ventana, como tiraba el teléfono y deshacía la mesa impecable, vi rodar platos, cubiertos de plata y aquella enorme fuente de ensaladas estrellarse contra la pared.
Acomode mi cuerpo a la ventana ocultándome lo mas que pude y vi como estallaba el llanto, tiró de su cabello y desgarro el vestido, llevaba ropa interior de encajes negros, la piel cobriza y el cabello disperso en exuberantes mechones. Tiró todo sobre la mesa y se acomodó en ella, por un momento estuvo tranquila, la respiración agitada subía y bajaba los hermosos senos a un ritmo embriagador, la lluvia golpeteaba la ventana y me empapaba la ropa, de un momento a otro estalló en sollozos, tomó las bolsas del mercado y las vació en el suelo, pateó las provisiones, pateó todo alrededor; de improviso su rostro congestionado adquirió cierta calma y lucidez al advertir en el suelo aquello que iba a constituir el platillo favorito de su marido, sin pensarlo dos veces se dobló y alzó el pepino, acomodándose sugestivamente con él sobre la mesa; afuera temblaba, la ventana temblaba, y sentí, aquella sensación en el estomago, tan extraña en el momento, pero que hoy relaciono con el amor.
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